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El Rey de la Discoteca

-¿Aceptamos león como animal de compañía? ¿Y cómo guarda de discoteca? ¿Quizás cómo camarero, pinchadiscos o, simplemente, gogó?… Todas esas preguntas parecen absurdas ¿Verdad? Pues no lo son. Desde que recogimos a un león atado a a la barandilla de una conocida discoteca valenciana, me las hago todos los días.

Habíamos recibido el aviso dos días antes.

Evidentemente, por su fuerza y peligrosidad, recoger un león no es como rescatar un perro o un gato, conlleva su logística. Sin embargo, hay casos como éste en el que lo mejor es acudir cuanto antes porque, a menudo, si no lo haces, cuando llegas el animal ya ha desaparecido.

Le he visto cientos de veces… Se abre un expediente por contrabando o maltrato hacia unos animales -unas veces son caballos, otras loros, guacamayos o incluso tortugas, da igual la especie- y, finalmente, semanas después, se da la orden de retirada de esos animales pero, entonces, cuando llegas ¡Oh, sorpresa! Ya no están y, lo que es peor, nadie sabe donde están.

Así que, cuando recibimos aviso para el rescate de aquel león, no lo pensamos. Cargamos una jaula y, sin más, arrancamos la furgoneta con destino a la discoteca.

Así que, cuando recibimos aviso para el rescate de aquel león, no lo pensamos. Cargamos una jaula y, sin más, arrancamos la furgoneta con destino a la discoteca.
Cuando llegamos, salvo por un coche del Seprona que nos esperaba fuera, nada nos hubiera alertado acerca de lo que íbamos a ver. A las diez de la mañana no había un alma en el establecimiento. Recuerdo perfectamente el aparcamiento desierto. La entrada de la discoteca. La barra de bar vacía en la terraza de verano… Sólo nosotros, la Guardia Civil y el guarda de la “disco” que nos indicó hacia donde debíamos dirigirnos -Por aquí- nos dijo. Y por allí fuimos.

Junto a la barra, pegado a la misma, había una especie de corto pasillo que, a modo de almacén, acumulaba decenas de cajas con botellines vacíos de cervezas y refrescos.
Entonces vi su cola. Quedé paralizado. -No es posible- pensé… Pero, tras las cajas, atado con medio metro escaso de cadena, estaba el león. Sí, allí había un león.

Lo miré. Me miró… Y me di cuenta enseguida. Yo podía verle pero, él a mí no.
Sus ojos estaban rojos, casi hirviendo, parecían estar quemados. Sus pupilas estaban enterradas tras los párpados. Sus ojos estaban hundidos, parecían rotos.

-Está ciego- me dijo el guarda. -¿Ciego?- Le respondí.
-Sí, poco a poco ha ido perdiendo la vista-.

No pude contenerme y, lleno de rabia, le pregunté lo evidente: -¿Lo usaron para hacer fotos, verdad?… ¡Malnacidos!-

No me contestó. Bajó su mirada. No hacía falta que me dijera nada. Habían machacado a aquel pobre animal bajo los flashes de las cámaras.

Volví mi mirada hacia él y le llamé. –Eh, amigo!- No se inmutó ¡Qué extraño!

Entonces, caí en la cuenta… Aquel león nacido para ser rey de la selva, capaz de ver y oír más de un millón de veces que cualquiera de nosotros, había quedado ciego por las fotos, sí, pero, también, sordo para siempre. El sonido de la música en la discoteca, había perforado sus oídos hasta dejarlos completamente inútiles.

¡Pobre animal! Marcado para siempre por el hombre.

Al parecer, según pudimos saber más tarde, había sido comprado por el dueño de la discoteca. Nunca se aclaró a quién, ni cómo, ni por qué… Al fin y al cabo, no existía documento alguno del mismo.

Víctima del maltrato, del tráfico ilegal de especies e, incluso, del abandono… Aquel león había conocido la parte más inhumana del ser humano.

En fin… Finalmente lo retiramos de allí como si fuera un pequeño perrito, tirando de la cadena que envolvía su cuello. Lo metimos en un trasportín y nos fuimos intentando olvidar lo que habíamos visto.

Afortunadamente, el animal se recuperó. Quedó ciego y sordo para siempre, sí, pero, cogió su peso, su brillo, su ánimo y volvió a tener su carácter de león que, al fin y al cabo, es el que le corresponde por derecho y nacimiento… Ahora su guía es su olfato y, qué quieren que les diga, creo que, dentro de todas sus limitaciones, hemos podido devolverle el “bienestar animal” que un día perdió o, lo que es lo mismo, eso que los humanos llamamos “felicidad”.


“Solo”, así bautizamos a aquel pobre léon, vive actualmente junto a otros leones, pumas, tigres, monos y otros muchos animales en el Santuario de Animales Salvajes Arca de Noé, situado en la Finca El Roal, Ptda. Almaixada, en Tángel, Alicante. Más información en www.fundacionraulmerida.es o www.animalesarcadenoe.com

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